Texto de María Bautista
Ilustración de Raquel Blázquez
El payaso Figurín salía cada tarde a la pista del Gran Circo Mundial La Ballena con el objetivo de hacer que la gente se muriera de risa. Con su melena rizada y su colorido maquillaje, Figurín contaba chistes, hacía formas con los globos y se sonaba aparatosamente su enorme nariz de mentira. Tenía una voz grave, las manos grandes y una carcajada que iluminaba la pista. Tenía también un secreto que nadie conocía.
Cuando el payaso Figurín se sentaba en su camerino, antes de irse a dormir, se quitaba la peluca y la nariz. Se desmaquillaba con cuidado y entonces, por fin, se convertía en Felisa. Nadie en el circo sabía que el payaso no era payaso sino payasa. Y todo porque en el Gran Circo Mundial La Ballena había una norma muy estricta que decía: solo los hombres pueden ser payasos.


